La Coctelera

Aragón y Medicina

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4 Agosto 2007

El Pilar (Zaragoza)

Pocas ciudades hay en el mundo que se identifiquen tanto con un monumento como Zaragoza con El Pilar. Hasta tal punto, que este magnifico templo ha eclipsado por completo a otros que esta ciudad conserva, algunos de primer orden mundial como es la Aljafería. No importa, El Pilar, por sí mismo, justifica sobradamente la visita. Y, desde luego, no está de más iniciar el recorrido de la ciudad desde este singular enclave, que preside, de modo soberbio, la pomposamente denominada plaza de las Catedrales, que contiene, casi sin solución de continuidad, la Seo, el palacio Episcopal, la Lonja, el Ayuntamiento, el Pilar y, si lo alargamos un poco por el oeste, San Juan de los Panetes, el torreón de Zuda y las murallas romanas.

El acceso al templo está enmarcado por una gran explanada que se extiende a lo largo de toda su fachada principal. Rompen la monotonía dos graciosas fuentes, obra del escultor Francisco Rallo.

Cuenta la tradición que el día 2 de enero del año 40, la Virgen, que todavía vivía en Éfeso, se apareció a Santiago en Zaragoza, sobre un pilar de jaspe que sostenían los ángeles. Quedó la columna y, en el mismo lugar de la aparición, los discípulos del apóstol levantaron una capilla, de la que, por cierto, no se conocen restos arqueológicos. Durante el dominio musulmán, fue con el de las Santas Masas –en lo que hoy es Santa Engracia- un templo mozárabe que, a la llegada de las tropas de Alfonso I el Batallador, en 1118, se encontraba muy deteriorado.

Pedro de Librana, el primer obispo de Zaragoza, encargó entonces la construcción de un templo románico, del que se conserva, adosado a la fachada principal y en el segundo tramo contando desde la puerta oriental, el tímpano adornado con un crismón. En 1293 se planteó la construcción de otro templo. De aquellas fechas son los primeros documentos en los que se denomina ya El Pilar. El edificio gótico no se terminaría hasta 1515, en tiempos de Fernando el Católico. Curiosamente, en este templo la capilla de la Virgen quedó en el centro del claustro, ya que no podía moverse del lugar exacto en el que la tradición situaba la aparición.

Había pasado poco más de un siglo cuando, hacia 1638, volvió a plantearse seriamente la construcción de un templo mucho más amplio. Y el 25 de agosto de 1681 se colocaba la primera piedra y se empezaban a levantar los muros. En 1696 ya se había colocado todo el zócalo con piedra de Fuendetodos. Pero el proyecto definitivo, tal como hoy se puede contemplar, es fruto de trescientos años de discusiones entre arquitectos, cabildo y representantes populares y de la Administración.

De entrada, las naves iban a estar cubiertas con bóvedas de cañón, que felizmente se cambiaron por las actuales cúpulas, que le dan ese aspecto tan extraordinario al templo. En segundo lugar, la decoración interna era recargadísima, siguiendo la línea churrigueresca, similar a la de muchas capillas de La Seo. El arquitecto Ventura Rodríguez, que fue a Zaragoza en 1750 para realizar la Santa Capilla, eliminó los excesos barrocos y rediseño el templo, sin que se le hiciera demasiado caso, excepto en la decoración.

El dinero no llegaba. Se subastaron joyas de la Virgen. Las obras eran lentisimas. Faltaba aún por cerrarse una de las cúpulas junto al coro cuando se inauguró el templo el 10 de octubre de 1872. Hasta 1907 no se terminó la siguiente torre, precisamente la que da a la plaza en el lado este. Todo iba bien cuando, en 1929, el edificio estuvo a punto de venirse abajo. Fallaron los cimientos por culpa de las filtraciones del Ebro. Hasta 1940 no se estabilizó la obra.

La fachada, tal como la vemos, se realizó entre 1942 y 1954. Las torres que dan al Ebro, entre 1950 y 1961.

Pablo Serrano esculpió el magnifico relieve central de la fachada principal en 1969. Con lo que parece que, al fin, el templo está terminado, aunque todavía falta concluir en el interior algunas de las cúpulas.

Y el resultado es magnifico, las altísimas torres de dan un efecto de verticalidad, contrastado con la profusión de cúpulas, -cubiertas de tejas vidriadas- linternas y chapiteles que confieren a todo el conjunto un curioso aspecto orientalizante. Casi podría decirse que bizantino.

Entraremos en El Pilar, como es lo habitual, desde la plaza, por la puerta este. Casi enfrente, un poco a la izquierda está la capilla de la Virgen, que será lo primero que visitaremos. La razón es que, a la hora de plantearse este templo, se debe distinguir entre el conjunto, que es una cosa, y el sancta sanctorum de la capilla, que es, antes que nada, un templo dentro de otro templo. Precisamente, cuando Ventura Rodríguez se hizo cargo del proyecto, en 1750, intentó eliminar esta dualidad, suprimiendo el retablo mayor, que ahora parte la nave central. No lo consiguió.

Nada más entrar, en lo alto se ven las pinturas al fresco de Ramón Bayeu. La primera capilla a la derecha es la de San Juan Bautista. En ella hay un precioso Cristo del siglo XVI, al que se le tiene mucha devoción en Zaragoza. En el altar, rococó, la imagen del titular es obra de Gregorio de Mesa. La tumba, de alabastro, es del fundador de la capilla, el arzobispo Tomás Crespo de Agüero.

Nos dirigiremos directamente hasta el templete de la Virgen. En los grandes pilares, a la izquierda y derecha, están colgadas las banderas de todos los países de Hispanoamérica, de los que la Virgen del Pilar es patrona. También están las bombas que fueron tiradas durante la guerra civil contra El Pilar y que no llegaron a estallar.

Estamos ahora ante una de las grandes maravillas del barroco español. El proyecto del templete de la Virgen se debe a Ventura Rodríguez y fue construido entre 1750 y 1765. Es un prodigio, con cúpula calada, sostenida por 34 columnas de jaspe de Tortosa. En ella se combinan los mármoles –verde de Granada, amarillo de la Puebla de Albortón, blanco de Carrara para las esculturas- jaspes tortosinos y de Ricla. Bronce en los capiteles.

En un lado, a la derecha, está la Virgen sobre el Pilar. La imagen es de madera dorada, del siglo XV (1435 – 38), de 38 cms de longitud. Son siempre extraordinarias las coronas y los mantos. El Pilar está forrado de bronce y plata.

Los conjuntos escultóricos sobre los altares de la Santa Capilla, en mármol de Carrara, representan la venida de la Virgen y Santiago y los siete Convertidos y, como gran parte de la esculturas de este recinto, son obras del aragonés José Ramírez de Arellano.

La Cripta de la Basílica del Pilar se sitúa debajo de la Santa Capilla y su fábrica sigue las obras de la misma. Se le encargó a Ventura Rodríguez como un añadido al primitivo proyecto. El 3 de diciembre de 1754 el arzobispo de Zaragoza, Francisco Ignacio Añoa y Busto, colocó la primera piedra y la cripta se inauguró el 12 de octubre de 1764. Su planta se asemeja a una cruz griega, siguiendo la misma estructura que el Tabernáculo. En la cabecera se ubica el altar, con una lápida en la que se ve el relieve de la figura del arzobispo Añoa y Busto, enterrado allí, si bien su corazón fue trasladado a la localidad navarra de Viana, donde había nacido. La entrada se hace por dos suntuosas escaleras con sus barandillas, cuyas cornisas y basas son de piedra de La Puebla, y sus balaustres de jaspe de Tortosa y todas están labradas en mármol negro de Calatorao, que descienden hasta encontrarse con una común. Para acceder a ellas es preciso levantar dos grandes planchas cuadrangulares de bronce situadas a los pies de la Santa Capilla. Una de ellas contiene la siguiente inscripción latina: “Huesos y cenizas de los esclarecidos varones que eligieron el lugar de descanso para los restos de sus cuerpos bajo la sombra de la B.M.V. del Pilar M.V.E. Orad por ellos”. Nichos con lápidas de mármol negro rodean todo su perímetro, decorado con pilastras, muros y entrepaños con sus basas y arquitrabes correspondientes.

Entre otros se encuentran allí enterrados José de Palafox, Ramón de Piganetlli y los bienhechors del Pilar Francisco de Borja de Urzaiz y Cavero y su esposa Leonor Sala, a cuyas expensas se levantaron las dos últimas torres y cuyos restos fueron inicialmente colocados en un sencillo oratorio al pie de la última torre levantada, la “Santa Leonor”, al que se accedía por la capilla de Santiago, del lado de la ribera. Los restos de Agustina Zaragoza (Agustina de Aragón), muerta en Ceuta, fueron traidos a Zaragoza con solemne ceremonia, y provisionalmente enterrados en la Cripta del Pilar hasta su definitivo traslado a la iglesia del Portillo. Hay también diseminadas, en el tiempo y es espacio, algunas otras pequeñas criptas o panteones de casas como la de los Argillo, Castellano, Eyerbe y Dronda-Azacárraga o tumbas como las de José Pellicer, el cardenal Juan Soldevila Romero y las de otros arzobispos zaragozanos, enterrados en diversas capillas.

El Pilar se abre a las seis de la mañana, para misa de infantes (hoy ya desaparecida). Si se madruga, puede verse el curioso acto de abrir el camarín de la Virgen, que todas las noches se cierra con una recia puerta de acero blindado, como sistema de seguridad.

Detrás de la capilla de la Virgen, en un orificio efectuado en el muro, se venera el Pilar. Los fieles besan la columna de jaspe, arrodillándose ante ella. La bóveda fue pintada por el cuñado de Goya, -francisco Bayeu, hacia 1775. Fue rehecha en gran parte por Stolz en 1940.

Sobre la capilla de la Virgen se encuentran, cubriendo la cúpula, los frescos que pintara entre 1752 y 1753 Antonio González Velázquez, que representan, en su tema central, la construcción de la Santa Capilla y la Venida de la Virgen. Fue el primero de los frescos que cubren el Pilar. El segundo se lo pidieron, en 1771, a un joven pintor aragonés que acababa de llegar de Italia, Francisco de Goya y Lucientes. Se le encargó el de la bóveda del coreto de la Virgen, que es la capilla situada inmediatamente frente a la del Pilar. En ella se representa la Adoración del Nombre de Dios. La cúpula tiene un boquete, producida por una de las bombas que cayeron durante la guerra civil. La preciosa sillería de estilo rococó tiene 68 asientos y está realizada con maderas exóticas traídas de América. La bóveda situada entre el coreto y la Santa Capilla está pintada por Francisco Bayeu, mientras que su hermano, Ramón Bayeu, pintó la cúpula siguiente.

Ya hemos dicho que una cosa es la Virgen y otra el Pilar, que es el templo. Se sugiere que, si para visitar a la Virgen hemos entrado por la puerta de levante, ahora lo hagamos por la de poniente.

Una vez de nuevo dentro del edificio, se puede admirar mejor la grandiosidad de este templo, en una zona que habitualmente no está tan congestionado de gente. Nada más entrar, justo enfrente, llaman la atención dos capillitas situadas en el muro lateral del trascoro por sus exquisitas pinturas: la de la izquierda representa a la Virgen de la Buena Esperanza. Es una Sagrada Familia, barroca, pintada por Francisco Cortés de Vega. La de la derecha tiene un maravilloso Ecce Homo, obra de Francisco Potenciano de Palermo, del siglo XVI. Sobre ésta hay una visitación flamenca, del siglo XV.

A la izquierda, en el muro de los pies, está la capilla del Rosario, donde se encuentra la pila bautismal, de jaspe, del siglo XVIII. Guarda cuadros de los siglos XVI y XVII y, a los lados del altar herreriano, dos valiosas estatuas que representan la Fe y la Esperanza, realizadas por Carlos Salas en 1775.

Por un gracioso túnel realizado en el trascoro pasamos a la nave norte, asimismo soberbia, pero con un aspecto más sombrío, debido a la iluminación, que en el lado sur es mucho más alegre. A los pies de esta nave se encuentra la capilla de San Agustín, donde destaca su retablo barroco. Esta capilla hace las funciones de parroquia del Pilar.

Se pasa a continuación a la nave central, donde se abre la gran cúpula y se cierra, al fondo, con el extraordinario retablo mayor. A la espalda, tras la magnifica verja, se encuentra el coro. Se inició en 1544 y en él intervinieron Juan de Moreto, Esteban de Obray y Nicolás Lobato. En tres pisos se suceden 150 asientos realizados en roble de Flandes con incrustaciones de boj. Es una verdadera pena que esté siempre cerrado, porque es una de las mejores sillerías del renacimiento español. Al fondo se encuentra el extraordinario órgano realizado por Juan de Moreto y Estaban Robio a partir de 1529, aunque fue ampliado, en el mismo estilo, en este siglo.

Bajo el altar mayor se encuentra el sepulcro de San Braulio. Este santo nació de familia hispanorromana, probablemente en Zaragoza, en torno al año 585; se formó en Sevilla durante 15 años junto a San Isidoro; y retornó a su ciudad natal en 616 como arcediano de su hermano, el obispo Juan, a quien sucedió en la sede diocesana en 631. Falleció en el 651. Dos manuscritos del siglo XIII –un pergamino del Pilar y un códice de origen cesaraugustano de la Biblioteca Nacional de Paris- informan del hallazgo de su cuerpo durante el pontificado de un obispo de nombre Pedro, probablemente Pedro de Líbrana. En una visión durante el sueño, se le habría aparecido el obispo San Valero para indicarle el lugar olvidado del sepulcro de Braulio, bajo la entrada de Santa María. Al día siguiente, fueron en efecto hallados y reconocidos sus restos, junto al báculo y anillo episcopales. En procesión, el obispo los trasladó “entre himnos y cantos hasta el altar de Santa María, donde los colocó en un rico mausoleo”.

El retablo mayor es una de las obras maestras del gran escultor Damián Forment. Se inició en 1509 y, lógicamente, fue realizado para el anterior templo. Esta joya del renacimiento hubiera podido desaparecer si se hubiera llevado a cabo el proyecto de Ventura Rodríguez. Los elementos góticos del retablo se deben a las exigencias del Cabildo para que siguiera como modelo el retablo mayor de la Seo.

Si se pasa al trasaltar, por el lado de la Epístola, la cúpula de la nave lateral está pintada por Ramón Bayeu. Aquí se adora el Pilar. Y llegamos a la nave norte, bajo cuya cúpula debemos detenernos, porque es una de las maravillas que pintó Goya, que representó a la Virgen, con una pincelada extraordinaria, como Reina de los Mártires. A finales de 1780 comenzó a trabajar en esta obra, en la que continuaría, junto a sus cuñados, Francisco y Ramón Bayeu, que pintaban las bóvedas y cúpulas adyacentes a la Santa Capilla, hasta el verano de 1781, en medio de discusiones con Francisco, que estaba en total desacuerdo con la forma de pintar del genio.

En el siguiente tramo, en dirección a la cabecera y bajo la cúpula de Francisco Bayeu, se encuentra la sacristía de la Virgen. A ella se accede por una preciosa puerta de nogal enmarcada en mármoles de colores. Cuando se entra, hay que fijarse en el suelo, que es un magnifico embuchado de mármoles que recuerdan las obras de taracea. Las pinturas representan la batalla de Clavijo. Los armarios –el joyero de la Virgen- son de nogal.

Esta sacristía, como la sacristía mayor que se encuentra en la nave de la epístola a la altura del altar mayor, sirve de Museo Pilarista. En él se guarda la extraordinaria colección de joyas, coronas y mantos de la Virgen, junto a numerosos objetos de gran valor. Destaca entre ellos el olfante de Gascón de Bearn. Este cuerno de caza fue la primera donación conocida a la Virgen, realizada en el siglo XII. También hay una preciosa cajita cilíndrica árabe de marfil, del siglo XIII y el libro de horas de Santa Isabel de Portugal. Numerosos objetos de orfebrería y las maquetas del templo y los bocetos originales de las cúpulas, entre las que destacan los de Goya y los Bayeu.

La siguiente cúpula es de Ramón Bayeu. La capilla de la cabecera de esta nave es la de Santiago. En ella hay un templete realizado en 1769 por el escultor Carlos Sala para la Cartuja de Las Fuentes, en Lanaja, Huesca. A la derecha e izquierda, dos cuadros manieristas del siglo XVI representan el nacimiento de la Virgen y la Huida a Egipto.

Para finalizar el recorrido y tras visitar el Museo Pilarista, merece la pena dirigirse a la puerta occidental del lado del Ebro. En la entrada está el ascensor para subir a una de las torres del Pilar. Desde lo alto, la vista es grandiosa y, además de la ciudad, el Ebro y los alrededores constituyen una sugerente panorámica sobre las cúpulas policromadas del Pilar.


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José Antonio Cuenca Campillo nace en Zaragoza en 1956. Hijo de un ferroviario y de una enfermera sus primeros años transcurren en el barrio rural de Casetas, distante 14 kms de Zaragoza, a donde llega por el destino de su padre a ese importante nudo ferroviario. Inicia sus estudios en el Colegio de San Miguel de esa localidad hasta completar su Bachillerato Elemental. Para poder llevar a cabo sus estudios de Bachillerato Superior en el Instituto "Goya", se traslada a Zaragoza, instalándose en el domicilio de sus abuelos paternos. Ya con toda la familia en Zaragoza, inicia sus estudios de Medicina en 1973, finalizandolos en 1979, a los 23 años. Durante los años de carrera es nombrado alumno interno de Patología Qururgica "B" (Traumatología), asiste como voluntario al Servicio de Urgencias del Hospital MAZ de Zaragoza y trabaja en el Hospital Miguel Servet como A.T.S. Finalizada la carrera de Medicina se hace cargo, de forma interina, de una plaza de Sanidad en el Distrito V de Valladolid. pasando consulta de Medicina General en el consultorio de "Los Pajarillos" en el barrio homónimo de esa ciudad castellana. En 1980, siguiendo el consejo de un buen amigo, oposita a Sanidad Militar, ingresando en dicho cuerpo ese mismo año. Colabora y forma parte de la Organizacion No Gubernamental "MEDICUS MUNDI ARAGÓN". Es socio de UNICEF España y es miembro de la Asociación Cultural "Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Zaragoza" de la que forma parte desde 1993, año en el que realizó el "Camino" a pie. con su familia, desde el Somport (Huesca) hasta Santiago de Compostela. Forma parte tambien de la Asociación de Antiguos Alumnos de la Universidad de Zaragoza (AGRALUZ) Actualmente desarrolla su actividad profesional (colegiado 50/5008305) en Zaragoza desde 1983. Correo electrónico:domus@joseacuenca.jazztel.es José Antonio Cuenca Campillo

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