La Coctelera

Aragón y Medicina

El blog de un médico amante de su tierra y de su profesión

20 Agosto 2007

La Torre Nueva (Zaragoza desaparecida)

Muchos son los desmanes arquitectónicos que a Zaragoza le ha tocado vivir a lo largo de su historia pero, quizás la más universalmente difundida fue la demolición de la llamada Torre Nueva.

Acabada hacia 1520, era una esbelta y original torre mudéjar, con elementos renacentistas, que fue promovida por la Ciudad misma como lugar de vigía y apoyo a la vida colectiva que pasó, desde entonces, a regirse por su excelente reloj. Edificada para el buen gobierno de los tribunales, asistencia a los enfermos y reglamentación de la vida en el vecindario, dio a Zaragoza perfil particular y arraigó inmediatamente en el alma ciudadana. La hicieron Juan Gombao y Juan de Sariñena (el autor de la Lonja), Iuce o Juce de Gali, Ismael Allobar y el maestro Monferriz. Alcanzó casi los setenta metros desde el ras del suelo en la plaza de San Felipe, en cuyo centro se levantó la fabrica.

Tenía un triple chapitel característico, ancho, con vuelo y dividido en tres cuerpos, bajo el que se cobijaban las campanas, de las que fue muy representativa la mayor, alerta y noticiero ciudadano, llevada, más tarde, al Pilar.

Un vigía allí emplazado, atisbaba hasta veinte leguas a la redonda. Y demostró cumplidamente su eficacia en numerosas ocasiones de peligro y, mas notablemente, durante 1808 y 1809.

Artísticamente vale juzgarla por diversos apuntes y representaciones. Y su tamaño y peculiar apostura fueron representados muchas veces, escaso y magro consuelo para quienes, hoy, no podemos ver la que posiblemente fue la mayor torre mudéjar nunca construida. Era, antes de que se edificase El Pilar en su aspecto actual y aun después de construido el bello campanil de La Seo, la estampa más característica de Zaragoza y un monumento útil y vivo.

Al poco de construirse, seguramente por el escaso tiempo que se empleó en hacer el primer cuerpo, a modo de altísimo zócalo, se inclinó un tanto, probablemente a causa de haber fraguado más aprisa el lado por donde recibía mejor el sol. Pero, arriba del todo su desviación de la vertical no era peligrosa (y, desde luego, mucho menor que la torre de Pisa), sin que se apreciaran, desde mediados del XVIII hasta finales del XIX, signos de progreso en esa inclinación.

Como se pudo ver cuando se acometió su bárbara destrucción, era perfectamente sólida. Y baste, para demostrar lo ficticio de los razonamientos de sus enemigos, decir que el mismo Concejo, a fin de allegar fondos para abonar los gastos del crimen de leso Arte, publicó una autorización para que, mediante el pago de diez céntimos, subieran quienes quisieran mirar desde su cima por última vez el panorama urbano. Lo que hicieron miles de zaragozanos, obviamente sin riesgo alguno y, entre ellos, seguramente, los varios millares que firmaron pliegos de protesta, protagonizaron mítines y escribieron hasta cansarse en todos los órganos de opinión sin obtener indulgencia alguna para la pobre Torre Nueva.

El gran maestro que fue J.R. Mélida, a finales de siglo, la veía de este modo: La fábrica es de ladrillo; su planta es octógona, de 46 pies de diámetro y su altura total fue de 297 pies que posteriormente se aumentaron. El macizo de su cimentación fue de 30 varas cúbicas de mampostería, que ahondan hasta una profundidad de 38 pies….La torre formaba en su planta una estrella de 16 puntas, a la que obedece la gallarda forma de su primer tercio o cuerpo inferior, cuyos paramentos entrantes están adornados con ventanas y sus ocho aristas principales reforzadas por contrafuertes.

El segundo cuerpo, que es octógono, dividido en tres pisos con ventanas ojivas, menos en la cara que ocupa la esfera del reloj, y resaltos a modo de torrecillas en los ángulos, que suben hasta la cornisa. Sobre los vértices de las segundas ventanas se elevan unos torreoncillos que sirven de sostén a unos balcones cobijados por arcos de medio punto; pero éstos y los balcones como el chapitel de tres cuerpos, no pertenecen a la obra primitiva, sino a la reforma que sufrió el siglo pasado (XVIII). Interiormente, hay una escalera de 260 peldaños que se desarrolla en espiral entre el muro exterior y otro más delgado.

Por fuera la torres esta recamada, podríamos decir, con primorosas labores de lacería alicatada, hechas con ladrillo, cuyo gusto acusa desde luego su origen muslímico.

En 1892 caía la torre, por autorización gubernamental de un gabinete presidido por Antonio Cánovas y por orden del alcalde, señor Alejandro, a quien no puso impedimentos mayores la Real Academia de San Fernando. Costó el turricidio (así lo llamaron algunos) 16.000 pesetas. Y la causa verdadera de la demolición fue, a no dudarlo, la actitud caciquil de unos cuantos comerciantes de la zona, a quienes estorbaba el monumento por viejo, porque estrechaba los viales, porque hacía sombra en sus comercios y viviendas y empequeñecía el barrio. Se alegó, claro, ruina probable (ya que no pudo certificarse su inminencia). U, a pesar de la abundante oposición despertada, de que se crearon, incluso, asociaciones ad hoc y de que el pleito ciudadano duro años enteros, la constancia de algunos ediles pudo más que todo el resto.

Anselmo Gascón de Gotor tuvo el buen gusto y mejor gesto de atreverse a publicar algunos nombres en la Revista España Ilustrada, de 30 de abril de 1893. Conrado Aramburu (licorero); Joaquin Gil Berges, prohombre zaragozano, con domicilio en la plaza de San Felipe; Francisco Navarro, propietario de un comercio de ultramarinos en el lugar; Agustín Paraíso, dueño de la finca número 1 en la plaza, José Montañés, propietario del Torreón Fortea, en igual sitio; u la familia Navarro, pañeros establecidos junto a la Torre Nueva…de la cual, a los días de su derrumbamiento aprovechaban medio millón de ladrillos para la nueva casa que se estaban construyendo en el flamante paseo de la Independencia. En eso había venido a parar buena parte del famoso patriciado urbano de Zaragoza, heredero inverecundo de aquél que mandara elevar la torre. Perdieron, Zaragoza y España, la mayor torre mudéjar conocida, bellísima y entrañable, singular monumento que había dado a la Ciudad silueta propia y plaza literaria en los textos de De Amicis y Péres Galdós.

Foto 1.- Torre Nueva. Copia en papel. Archivo municipal de Zaragoza.

Foto 2.- Esta escultura de bronce de Miguel A. Bordeje (1991) forma parte del conjunto de la remodelación promovida por el Ayuntamiento en la Plaza de S. Felipe, es decir, del memorial a la Torre Nueva. La escultura es de dimensiones naturales, siendo asimismo de carácter naturalista. El niño, sentado, mira hacia un Memorial (derruido recientemente) que recordaba la Torre Nueva.
Foto 3.- Plaza de San Felipe.

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Danonino

Danonino dijo

Como ya sabrás, se ha propuesto en varias ocasiones reconstruírla como se hizo con el campanile de Venecia después de que un terremoto lo derrumbara... a casi todos los arquitectos del mundo les parece una tontería reconstruír cosas que ya no son... por muy bellas que fueran y yo opino lo mismo, porque no tiene razón de ser.

Yo también soy médico y una de mis aficiones es el arte e historia de mi ciudad... ahora que se hacen tantos proyectos y se construyen edificios vanguardistas con motivo de la Expo etc, parece que la ciudad vuelva a recuperar un poquito ese esplendor y entra en un nuevo Renacimiento.

Se habló de construír un rascacielos en el solar que deje la Romareda o en el Portillo... y yo pienso que qué mejor que construír una torre inspirada (que no copiada), con su inclinación y todo, en la torre nueva. La Nueva Torre Nueva. Sería el culmen de ese nuevo renacimiento... el símbolo de que Zaragoza puede recuperar otra vez si creemos en nuestra tierra, el poder que se tuvo en esta tierra.

¿qué sentido tiene construír torres sin identidad ninguna que bien podrían estar en Madrid o en Boston? así nos ha ido por querer imitar a grandes ciudades otras veces...

10 Agosto 2009 | 12:47 PM

fernando

fernando dijo

He encontrado este blog por casualidad.
Soy la persona que va a reproducir en maqueta, la torre nueva de Zaragoza
para la exposición que se realizará en el paraninfo en Octubre de 20010.
para obtener la mayor fidelidad histórica que se ha podido, ha llevado muchísimas horas de investigación en archivos, fotos, planos antiguos etc.
Recomiendo encarecidamente una visita a la exposición con multitud de piezas traídas de toda España y algunas del extranjero

14 Febrero 2010 | 11:10 PM

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José Antonio Cuenca Campillo nace en Zaragoza en 1956. Hijo de un ferroviario y de una enfermera sus primeros años transcurren en el barrio rural de Casetas, distante 14 kms de Zaragoza, a donde llega por el destino de su padre a ese importante nudo ferroviario. Inicia sus estudios en el Colegio de San Miguel de esa localidad hasta completar su Bachillerato Elemental. Para poder llevar a cabo sus estudios de Bachillerato Superior en el Instituto "Goya", se traslada a Zaragoza, instalándose en el domicilio de sus abuelos paternos. Ya con toda la familia en Zaragoza, inicia sus estudios de Medicina en 1973, finalizandolos en 1979, a los 23 años. Durante los años de carrera es nombrado alumno interno de Patología Qururgica "B" (Traumatología), asiste como voluntario al Servicio de Urgencias del Hospital MAZ de Zaragoza y trabaja en el Hospital Miguel Servet como A.T.S. Finalizada la carrera de Medicina se hace cargo, de forma interina, de una plaza de Sanidad en el Distrito V de Valladolid. pasando consulta de Medicina General en el consultorio de "Los Pajarillos". En 1980, siguiendo el consejo de un buen amigo, oposita a Sanidad Militar, ingresando en dicho cuerpo ese mismo año. Colabora y forma parte de la Organizacion No Gubernamental "MEDICUS MUNDI ARAGÓN". Es socio de UNICEF España y es miembro de la Asociación Cultural "Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Zaragoza" de la que forma parte desde 1993, año en el que realizó el "Camino" a pie. con su familia, desde el Somport (Huesca) hasta Santiago de Compostela. Forma parte tambien de la Asociación de Antiguos Alumnos de la Universidad de Zaragoza (AGRALUZ) Actualmente desarrolla su actividad profesional en Zaragoza desde 1983. José Antonio Cuenca Campillo

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