La Coctelera

Aragón y Medicina

El blog de un médico amante de su tierra y de su profesión

3 Octubre 2007

Los amantes de Teruel

La leyenda de los Amantes de Teruel ha traspasado no sólo las fronteras regionales, sino que es conocida fuera de España, y es un ejemplo de historia de amor trágico a la manera de los grandes dramas como Romeo y Julieta.

En la ciudad de Teruel vivían Juan Diego de Marcilla e Isabel de Segura. Desde muy niños habían jugado juntos, juntos habían correteado por las calles, alborotado en los días de fiesta mayor. Él era de pobre ascendencia, y ella, por el contrario, pertenecía a una de las familias principales de Teruel. Cuando los dos muchachos fueron creciendo en años, la afición y recreo que tenían estando juntos se transformo poco a poco en amor.

Isabel era ya una bella dama, y Diego un mancebo robusto que soñaba con hazañas guerreras.

-Verás, Isabel- decía un día que habían ido a pasar la tarde a las huertas de los alrededores -: yo partiré un día a la guerra. Me alistaré como soldado en uno de los tercios del emperador. Marcharé alegremente, me darán un arcabuz, o bien, viendo lo fuerte de mi brazo, me harán piquero. Marcharé alegre en mi escuadra, y tu me verás partir, despidiéndome con el pañizuelo que te regalé. Partiremos a un puerto, y allí embarcaré Dios sabe si para Italia o para tierra de moros. Y en la primera acción me lanzaré contra el enemigo, asaltaré de los primeros una brecha o. si Dios me ayuda, haré prisionero a algún alto jefe. Entonces me darán la banda de alférez y volveré a verte, vestido como un caballero, con una larga espada.

La muchacha le oía decir entre alegre e inquieta. Así pasaban las tardes entretenidos en su dulce afición. Mas ya el destino tejía una telaraña de desdichas.

Tenía Isabel una prima con la que había hecho vida familiar. Un día, cuando ya eran crecidos Isabel y Diego, la prima –llamada Elena- vio al mancebo, y al instante quedo prendada de él. Sabía los lazos que ligaban a su prima con Diego y, llena de pesadumbre, urdió un medio para que Diego quedase libre y pudiera ser suyo.

Había en la ciudad un noble caballero, don Fernando de Gamboa, que si bien amaba a Isabel no estaba muy seguro de ser correspondido. Un día, Elena falsificó la escritura de Isabel en una misiva, y llamando a una vieja criada, la envió con dicho papel a casa de don Fernando. Éste, sorprendido, ció cómo en aquellas palabras se alentaba su esperanza, y en vez de partir de la ciudad, como había determinado, pensó quedarse y correr la ventura que tan cierta se le prometía. Durante varios días rondó la casa de Isabel, más sin encontrar acogida claramente favorable. Lo atribuyó a juego de mujer: más aún cuando la pérfida Elena le envió un nuevo recado en nombre de Isabel, que permanecía inocente a los juegos de su prima. Al fin fue pasando el tiempo, y los padres de Isabel juzgaron que ya era hora de dar en matrimonio a su hija. Sabían el cariño que existía entre Isabel y Diego, al que tenían gran afecto; mas consideraban lo humilde de su procedencia y lo pobre de su vida, y vacilaban. Don Fernando de Gamboa había manifestado al padre el amor que sentía por su hija. Y así, un día, se presentaron en casa de Isabel, a un tiempo, Diego y don Fernando, a pedir la mano de la doncella.

Fueron honorablemente recibidos. Don Fernando habló de este modo:

-Noble Segura, desde hace mucho tiempo amo a vuestra hija. Conocéis de sobra lo noble de mi apellido y lo rico de mi hacienda. No he querido aceptar ningún partido de Teruel esperando a que Isabel pasase de niña a muchacha y de muchacha a doncella. El tiempo ha transcurrido y ha venido en que pueda honrar mi casa y mi estirpe.

Acto seguido glosó sobre sus riquezas, añadiendo que no sólo por poderoso pretendía a Isabel, sino por creer que su esperanza no sería defraudada.

Isabel, que estaba tras una celosía, oía sorprendida las palabras de don Fernando, pues nunca había hecho manifestación alguna que él pudiera haber interpretado como favorable.

Después de hablar don Fernando, se adelantó Diego y, a su vez, expuso:

-No tengo riquezas ni noblezas; mas desde niño me tuvisteis en vuestra casa y sabéis que amo a Isabel y que ella me corresponde.

Pero el viejo Segura interrumpió al doncel, diciendo:

-Bien te conozco y sé que eres bueno; mas esa afición que dices existir, más bien la creo cosa de muchachos que juegan juntos que de mujer y hombre que han de vivir como tales y fundar una familia. No puedo darte la mano de Isabel, pues sería cambiar lo cierto por lo dudoso, la buena casa y estirpe de don Fernando por la de un joven sin nombre ni fortuna.

Así quedaron decididas las bodas de Isabel y don Fernando. Pero aún Diego insistió diciendo:

-No es justo, noble Segura, que neguéis a quien os ama como un hijo una oportunidad parea ganar con su brazo lo que la fortuna le negó por su nacimiento. De muchos nobles señores se cuenta que ganaron fama y riquezas en las guerras, y yo quiero probar. Dadme un plazo, aunque sea corto, y yo os demostraré lo que valgo.

De nuevo vaciló el padre de Isabel. Pero decidiéndose, le dijo a Diego:

-Bien. Te concedo ese plazo que pides. Esperaré para dar a Isabel a don Fernando un plazo de tres años con tres días. Si en ese tiempo vuelves con nombre y riquezas, o con nombre tan sólo, Isabel será tuya. Mas ni una hora esperaré mas allá del plazo concedido.

Diego aceptó, lleno de alegría, y salió de la casa.

Aquella tarde volvieron a encontrarse Diego e Isabel en el huero donde tantas veces habían jugado y se habían amado después.

-Ya ves, Isabel –dijo el muchacho-, cómo mis ilusiones de niño se hacen ahora realidades inmediatas. Partiré esta noche a Barcelona, en donde me alistaré en la empresa que el César intenta acometer contra Túnez. Sé que Dios me protegerá y que antes de que haya transcurrido el plazo señalado he de volver. Y entonces serás mi esposa y nada habremos de temer.

Y entre temores de la muchacha y seguridades de él, pasó la tarde, se hizo de noche y Diego partió.

El mozo llegó a Barcelona que entonces estaba llena de soldados. Se alistó en uno de los tercios, y pronto partió embarcado hacia Cartagena. Allí salió con su compañía para tierras de África y pudo demostrar el valor que le animaba. Era querido por sus camaradas y admirado por sus jefes. Día tras día su fama iba creciendo y le iban siendo concedidos nuevos honores y grados, así como gratificaciones y preseas. Unas veces eran expediciones con pocos hombres para forzar la entrada de algún portachuelo moro o para hundir las barcas. Otras eran batallas contra grandes fuerzas. Y, al fin, en la de Túnez logró que el propio César le otorgase la anhelada banda de alférez, concediéndole también una orden y ennobleciendo su nombre.

En tanto, en Teruel, la prima Elena no había cejado en su tarea de separar a Isabel de Diego. Cuando asistió a la escena de las peticiones de mano, creyó perderlo o ganarlo todo; mas al ver el plazo que se daba, se dispuso a obrar de nuevo. Una mañana se presentó, afectando tener el semblante demudado, en casa de Isabel; pidió ser recibida por el padre de ésta y le comunicó que le habían llegado noticias fidedignas de que Diego había muerto heroicamente. Mucho dolor sintió el buen viejo y, tomando las naturales precauciones, le comunicó la mala nueva a Isabel. Ésta, dentro de su gran pesar, no se sentía cierta de esa muerte. Algo en su interior le cantaba una última esperanza. Recordaba las palabras de Diego….Sé que Dios me protegerá y que antes de que haya transcurrido el plazo señalado he de volver. Y le pidió entonces a su padre que aplazase la boda hasta el último momento, lo que se hizo.

Llegó, por fin, el día que expiraba el plazo, y se celebraron las bodas. Isabel estaba ya resignada y aceptó de buen grado la mano de don Fernando.

Dos horas después de haber expirado el plazo, entraba en Teruel a todo galope, Diego Marcilla. Había vuelto a toda prisa, reventando caballos: mas había llegado tarde. Aún esperaba que no hubiese sido tan rígido el cumplimiento del plazo, más cuando llegó a casa de Isabel y vio las paredes alhajadas con ricas colgaduras, y a la servidumbre con trajes de gala, comprendió que su desgracia estaba consumada.

Entonces penetró en la mansión subiendo a la habitación de Isabel, ya preparada como cámara nupcial. Se ocultó debajo del lecho y esperó a que llegase el matrimonio. Al fin la pareja de recién casados penetró en la alcoba, y después de ser despedidos por los familiares, se dispusieron a acostarse. Una vez lo habían hecho, Diego, para impedir que se consumase el matrimonio, tomó la mano de Isabel, la cual sintió un gran sobresalto y dio un grito. El marido pregunto si le sucedía algo, y ella, turbadísima, y reconociendo en aquella mano que asía la suya la de Diego, pidió a don Fernando que bajase a buscar un pomo de sales que se había dejado en el piso inferior. El marido lo hizo de buena gana, y cuando Isabel estuvo sola, salió Diego, y cayendo de rodillas ante ella, le recordó el amor que le profesaba que seguía tan fuerte o más que el día de su partida, reprochándole así mismo su poca constancia, ya que debía haber esperado hasta su vuelta. Más ella, aun sintiendo gran alegría al verle, le dijo:

-Ha sido la voluntad de Dios y no la fortuna, la que ha hecho que se demorase tu regreso. Hasta el último momento he esperado. Nada puedes reprocharme ni nada, ahora, debes esperar de mí. Casada estoy ante el Señor, y no puedo faltar a mi honor escapándome contigo.

Él insistió, y sentía tan lastimado de dolor su pecho, que al fin, derramando abundantes lágrimas, al levantarse para marchar, se desplomó como herido por el rayo. Terrible fue para Isabel ver morir tan repentinamente a su antiguo amado, y más fuerte aún la sorpresa de don Fernando al ver a un hombre muerto en la habitación y a Isabel pálida y pronta a desvanecerse. Ella le contó lo sucedido jurándole por lo más sagrado que ella era inocente. Entonces él, creyéndola, determinó sacar de allí el cuerpo del infeliz Diego y, aprovechando las horas de la noche, dejarlo en la puerta de su casa. Así lo hizo, siendo ayudado por la misma Isabel.

Al día siguiente, terrible fue la sorpresa cuando los padres del infortunado hallaron el cadáver. Por la ciudad corrió la noticia, y los comentarios eran numerosos y diversos. Los funerales se celebraron con gran concurrencia de personas, que comentaban la infausta suerte de Diego. De pronto se presentó Isabel y un rumor acogió su llegada. Venía pálida, vestida con sus más lujosos trajes y adornos. Durante la santa misa permaneció arrodillada, con el rostro entre las manos. Y ya al finalizar el oficio de difuntos, levantóse de pronto, se aproximó al catafalco e inclinándose sobre el cadáver de Diego, ante el asombro de todos, depositó un apasionado beso en sus exangües labios. Cuando don Fernando y sus criados acudieron, vieron que Isabel estaba echada de bruces sobre Diego, y queriéndola levantar, advirtieron con espanto que había muerto de repente también.

Todos los circunstantes se sintieron ganados por la lástima y don Fernando, transido de dolor, dijo:

-Fue la voluntad de Dios que Diego e Isabel no se unieran en vida; pero su mano ha conducido al ángel de la muerte para unirlos en el otro mundo. Que se entierren juntos a los que esposos fueron en intención hasta que yo me atravesé en su camino.

Y así, juntos, se dio sepultura a los cuerpos de Diego Marcilla e Isabel Segura, a los que la leyenda llamó desde entonces: los amantes de Teruel

Ésta es la triste historia de los Amantes de Teruel que ha recorrido el mundo entero y hoy en día se festeja anualmente, escenificando todo este relato.

Relato de Gerardo García Ruiz

Imagen: Mausoleo escultorico de los Amantes de Teruel. Obra de Juan de Ávalos

servido por joseacuenca 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

pepe muñoz

pepe muñoz dijo

Una bonita historia de AMOR.

"La alegría y el AMOR son las dos alas para las grandes acciones"

(Anónimo)

4 Octubre 2007 | 09:09 PM

mia

mia dijo

en los tiempos de hoy tambien existen los amantes, la diferencia es que los de hoy no tienen ni punto de comparacion con la historia tan triste y a la vez apasionada de los amantes de Teruel...eso si que era amor!!!!!!

17 Febrero 2008 | 09:40 PM

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Sobre mí

José Antonio Cuenca Campillo nace en Zaragoza en 1956. Hijo de un ferroviario y de una enfermera sus primeros años transcurren en el barrio rural de Casetas, distante 14 kms de Zaragoza, a donde llega por el destino de su padre a ese importante nudo ferroviario. Inicia sus estudios en el Colegio de San Miguel de esa localidad hasta completar su Bachillerato Elemental. Para poder llevar a cabo sus estudios de Bachillerato Superior en el Instituto "Goya", se traslada a Zaragoza, instalándose en el domicilio de sus abuelos paternos. Ya con toda la familia en Zaragoza, inicia sus estudios de Medicina en 1973, finalizandolos en 1979, a los 23 años. Durante los años de carrera es nombrado alumno interno de Patología Qururgica "B" (Traumatología), asiste como voluntario al Servicio de Urgencias del Hospital MAZ de Zaragoza y trabaja en el Hospital Miguel Servet como A.T.S. Finalizada la carrera de Medicina se hace cargo, de forma interina, de una plaza de Sanidad en el Distrito V de Valladolid. pasando consulta de Medicina General en el consultorio de "Los Pajarillos". En 1980, siguiendo el consejo de un buen amigo, oposita a Sanidad Militar, ingresando en dicho cuerpo ese mismo año. Colabora y forma parte de la Organizacion No Gubernamental "MEDICUS MUNDI ARAGÓN". Es socio de UNICEF España y es miembro de la Asociación Cultural "Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Zaragoza" de la que forma parte desde 1993, año en el que realizó el "Camino" a pie. con su familia, desde el Somport (Huesca) hasta Santiago de Compostela. Forma parte tambien de la Asociación de Antiguos Alumnos de la Universidad de Zaragoza (AGRALUZ) Actualmente desarrolla su actividad profesional en Zaragoza desde 1983. ; El objetivo de este blog es la divulgación del conocimiento médico mediante comentarios y referencias dirigidos a los profesionales sanitarios y a aquéllas personas interesadas en los temas de salud y organización sanitaria. La información publicada en “Aragón y Medicina” nunca puede sustituir ni reemplazar la necesaria relación personal entre un paciente y su médico de confianza. No se atenderán casos clínicos particulares ni se dará información personalizada. Este blog no recopila datos personales de ningún tipo.
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