REYES DE ARAGÓN: ALFONSO I

REINÓ XXIIX AÑOS, XI MESES Y X DÍAS.
Traducción de la inscripción latina que acompañaba al retrato, realizada por Jerónimo de Blancas en el siglo XVl.
Alfonso Sánchez sucedió a su medio hermano Pedro I, que tan solo reinó diez años. Era hijo de Sancho Ramírez y de Felicia de Roucy. Había sido educado en el monasterio de Siresa, por maestros como Lope Garcés, que le iniciara en las artes de la guerra, y Esteban, que llegó a ser obispo de Huesca. Su educación era directamente supervisada por la condesa Doña Sancha, segunda hija del rey Ramiro y de la reina Ermesinda. Era el tercero en la línea sucesoria, así que su padre no le asignó tareas de gobierno de tanta relevancia como a su hermano Pedro. Sin embargo, como miembro de la familia real, se le otorgaron Ardenes, Bailo, Biel y Luna; y puso en práctica su formación militar en la batalla de Alcoraz, a las ordenes de su hermano el rey Pedro I, y en la expedición a Levante en apoyo al Cid Campeador. El infante Alfonso había sido educado para ser un jefe de guerra y colaborar así con su hermano desde el campo de batalla. La prematura muerte de Pedro I en 1104 lo promovió al trono de Aragón y hubo de asumir, junto a las tareas de dirección de la guerra, las labores de gobierno, administración y diplomacias propias del soberano.

Durante treinta años, desde 1104 hasta 1134, reinó en Pamplona y Aragón, centrando su interés en la ampliación del territorio bajo el espíritu de cruzada y en la organización del mismo mediante repoblaciones sistemáticas, favorecidas por la concesión de ventajosos fueros. Su política expansiva siguió las líneas que ya había marcado su hermano. Retomó las campañas militares en el mismo punto donde Pedro las había dejado, por lo que la toma de
Para afrontar su asedio, las tropas pamplonesas y aragonesas debían primero asegurar el flanco occidental del reino, mediante la conquista de Ejea y Tauste, y consolidar posiciones cercanas a la ciudad como El Castellar y Juslibol, donde habían
establecido su base militar. Pero todo ello no fue suficiente. Saraqusta estaba bien comunicada, así que sitiarla resultaba extremadamente complicado y, además, era la principal ciudad del norte de al-Ándalus, por lo que disponía de buenas infraestructuras defensivas y de comunicación y de un potencial humano considerable. Para tomar la ciudad resultaba imprescindible fabricar máquinas de guerra complejas, que pudieran superar los cuarenta codos de altura de la muralla de la ciudad, y reunir un contingente mucho mayor de que en esos momentos conformaba el ejército navarroaragonés. El asalto a Saraqusta necesitaba una mejor planificación y, entretanto, el rey se ocupó de afianzar también las fronteras orientales mediante la conquista, en 1107, de Tamarite y de San Esteban de Litera.

Alfonso I casó en 1109 con Urraca, reina viuda de Castilla y León e hija de Alfonso VI y de Constanza de Borgoña, heredera del trono de Castilla y León tras la muerte de su hermano el infante Sancho y viuda del conde Ramón de Borgoña con quien había tenido un hijo, el futuro Alfonso VII de Castilla (titulo no reconocido a Alfonso I por los nobles castellanos al ser el heredero de su esposa), con oposición de muchos nobles gallegos, portugueses y leoneses que preferían otros candidatos, extraídos de la nobleza castellano-leonesa. La boda modificó las prioridades militares, dirigidas ahora a defender los intereses comunes de ambas Coronas frente a los almorávides, y el matrimonio fue un desastre. Los enfrentamientos conyugales llegaron a tal grado que las Crónicas de Sahagún lo calificaron de “maldito e excomulgado ayuntamiento”, ejemplo del apasionamiento que condujo a cronistas castellanos y aragoneses, en más de una ocasión a ofrecer una visión parcial del conflicto entre Urraca y Alfonso I, incluidos supuestos malos tratos –bofetadas y puntapiés- del rey a su mujer. Alfonso era un monarca ascético, en la línea de los Templarios. Los enemigos de Urraca la calificaron de mala esposa, mala reina y mala madre. La valoración de las actitudes y decisiones de Alfonso y Urraca variaban mucho según se hablara de ellos desde Castilla o desde Aragón.Tras su nulidad canónica, dictada en 1114 por ser los esposos bisnietos de Sancho III el Mayor, y la separación de ambos, dos años más tarde, estalló una guerra abierta entre Aragón y Castilla, pues Alfonso I no quería renunciar a los territorios castellanos de los que se había apoderado durante su unión con Urraca, por no mencionar
La separación efectiva del matrimonio propició un nuevo acercamiento entre el rey de Aragón y el Papado que había sido contrario al enlace por presiones de la alta clerecía castellana. Alfonso I resultó muy favorecido al decretarse bula de cruzada para el asedio de Saraqusta en el concilio de Toulouse, reunido a comienzos de 1118.
Los cruzados comenzaron a agruparse junto a Saraqusta. Entre ellos, el vizconde de Bearne, Gastón, vasallo de Alfonso; su hermano Céntulo, conde de Bigorra –que habían estado en la toma de Jerusalén-; Bernardo, conde de Comminges; el vizconde Gabarret, Pedro, y Auger, vizconde de Miramont. El contingente francés era tan numeroso que los cronistas musulmanes dijeron que se puso bajo el mando de Alfonso como un “enjambre de langostas u hormigas”. Los cruzados, construyeron ingeniosas máquinas de guerra similares a las empleadas para el asalto de Jerusalén. Ante ellas, la alta muralla de Medina al-bayda, la “Ciudad Blanca”, como llamaban muchos musulmanes a Saraqusta, acabó por sucumbir.
El asedio duró siete meses. Finalmente, el 18 de diciembre de 1118, la ciudad de Saraqusta abrió sus puertas al Batallador. Las capitulaciones firmadas por Alfonso I siguieron el mismo espíritu que las que su hermano Pedro I estableció en Wasqa (Huesca): se respetaban la religión, costumbres y organización jurídica privada de cuantos musulmanes desearan permanecer en la ciudad, así como sus personas y bienes, aunque habían de establecer sus mezquitas, viviendas y comercios extramuros de la ciudad. Quienes optaran por marcharse serían escoltados por las tropas del rey hasta los límites de Aragón. El Rey se instaló en el palacio de
El intento almorávide de reconquistar Zaragoza fue frustrado por Alfonso en la importante batalla de Cutanda, en junio de 1120, tras la cual, con ayuda de Guillermo de Portier, tomó Calatayud y Daroca, duplicando la extensión del reino. En 1122 ganó Sigüenza y Medinaceli.
El gobierno de la ciudad de Saraqusta fue otorgado a uno de los más fieles aliados del rey: Gastón, vizconde de Bearne. Este noble francés había participado en el asedio de Jerusalén y emparentado con la casa de Aragón al casar, en 1085, con Talesa, hija del conde Sancho Ramírez –el hijo natural del rey Ramiro I-. Los lazos familiares y la bula de cruzada decretada para la campaña contra Saraquusta habían motivado su participación. Tras su muerte en 1130, seguida de la de su hijo Céntulo, Talesa heredó la tenencia de Zaragoza, adquiriendo un relevante protagonismo político.
Para promover la repoblación de la ciudad, Alfonso I otorgó fueros importantes .en 1119, el llamado de “infanzones” y diez años después el conocido como “privilegio de los veinte”, que después influyeron en las cartas de población de Lérida y de diversos lugares del área valenciana. Entre los privilegios y ventajas jurídicas otorgadas al concejo y a los habitantes de Zaragoza, destacaba la jurisdicción penal inapelable y la adquisición legal de tierras tras un plazo de un año y un día sin haber sido reclamadas judicialmente.
La política de tolerancia con los musulmanes buscaba ante todo contar con población suficiente para la defensa y el desarrollo de las actividades económicas habituales, pero tuvo como efecto añadido un notable florecimiento de la vida cultural del reino.
En particular, destacaron el notable centro de traducción de Tarazona y la figura del judío converso oscense Pedro Alfonso, apadrinado en su bautismo por el rey.

Alfonso aseguró la nueva conquista tomando otros lugares del valle medio del Ebro, como Tudela, Tarazona y Borja, e inició el camino hacia el sur por las cuencas del Jalón y del Jiloca medio y hacia Valencia. Paralelamente fue dotando de fueros ventajosos a los centros urbanos conquistados para atraer a la población suficiente que garantizase la capacidad defensiva del territorio recién adquirido y su desarrollo económico.
La atrevida incursión por el Sur, hacia Andalucía, en el año 1125-1126 también supuso un aporte significativo de población para los nuevos territorios.
Entre 1125 y 1126, Alfonso I, animado por las sucesivas victorias y por la toma de Saraqusta, emprendió una expedición durante la cual atacó Levante y Andalucía. No se trataba de una campaña militar de conquista, pues no se disponía de capacidad suficiente para ordenar y estabilizar un territorio tan extenso, desde Aragón a Granada. El espíritu era, más bien, el de llevar a cabo una demostración de poder militar.
El rey de Aragón reunió entre cuatro mil y cinco mil caballeros y alrededor de quince mil infantes, que partieron hacia Valencia en septiembre de 1025. El 20 de octubre, atacaron esta ciudad Valencia había caído en manos musulmanas tras la muerte de Rodigo Díaz de Vivar y su esposa Jimena no había podido sostener la defensa de la ciudad) y durante el asedio se fue uniendo un importante contingente de mozárabes –cristianos que habían permanecido en zona musulmana-. Durante todo el trayecto de la expedición, la llegada de mozárabes supuso un constante incremento de las fuerzas aragonesas.
Alfonso I fue penetrando en territorio musulmán de manera imparable y atacando las plazas que encontraba a su paso. Obtuvo victorias y sufrió derrotas, pero consiguió llegar hasta las puertas de Granada. El 7 de enero de 1126, acampó en el río Farrés, de allí pasó a al-Mazuqa y se situó a dos días de camino de la capital granadina. La caballería musulmana permanecía alerta, rodeando al ejército aragonés, pero sin lanzar su ofensiva; y Alfonso I se mantuvo diez días en el campamento esperando que mejorase el tiempo, pues las lluvias habían inundado los caminos y el hielo dificultaba el avance del ejército. Finalmente, el rey de Aragón levantó el campamento y regresó hacia el norte, sin cejar en sus ataques a las poblaciones musulmanas.
Según los cronistas árabes, Alfonso I “llegó a su país orgulloso con lo que había conseguido en esta expedición, de derrotar a los musulmanes y devastar el país y por lo mucho que había cautivado y robado. Aunque no tomó ningún lugar amurallado, ni grande ni pequeño, solamente saqueó las casas de la campiña de al-Ándalus y borró sus trazas”. En junio de 1126, el Batallador ya estaba en Aragón. Había conseguido mostrar que su ejército podía ser un peligro para la seguridad andalusí y atraído a un numeroso grupo de mozárabes que impulsaron la repoblación de los territorios recién conquistados.
Un objetivo mayor de la política de extensión aragonesa de Alfonso I era dotar a sus territorios de una salida al mar que permitiese una comunicación directa, vía marítima, con Jerusalén , pues el mismo aliciente espiritual movia a los guerreros de ambos confines del mediterráneo: la lucha contra el Islam y la dilatación de la cristiandad. Las acciones bélicas emprendidas hacia el Este perseguían este objetivo, pero para lograrlo era necesario zanjar los problemas con Castilla, iniciados tras la separación de Alfonso I y Urraca. Al morir ésta, la heredó su hijo del primer matrimonio, Alfonso VII, con quien, tras unos primeros enfrentamientos, el rey aragonés firmó la paz –pacto de Támara (1128)- que establecía los limites fronterizos entre ambas Coronas.
Durante 1128 y 1129, la expansión aragonesa se dirigió hacia el Sur, conquistando núcleos como Cella, Molina, Longares, Traid, en las actuales provincias de Teruel y Guadalajara. El área valenciana –colindante con las nuevas conquistas- contaba con la gran ventaja de proporcionar una salida al mar. La zona no era desconocida para las tropas aragonesas, pues ya habían guerreado allí como aliadas del Cid Campeador y, mandadas por Alfonso I, en el inicio y final de la incursión a Andalucía. En 1126 se conquistó Játiva, pero cuatro años después se perdió la plaza durante los enfrentamientos de Gastón de Bearne y el nuevo gobernador de Valencia, Yintán ibn´Ali al-Lamtuni. En el combate murió el bearnés cuya cabeza, según una crónica árabe, fue llevada a Granada y “alzada en una lanza, fue paseada por los zocos y las calles”. Su cuerpo, rescatado por los cristianos, fue enterrado en la iglesia de Santa Maria
A finales de 1132, Alfonso ocupó Mequinenza con una pequeña flota fluvial. Jerónimo Zurita en sus Anales, nos cuenta: “fue muy señalado en esta guerra y en la toma de Mequinenza, el esfuerzo y gran valor de tres caballeros aragoneses, que se llamaban Pedro de Biota, que era adalid del rey, e Iñigo Fortuñón y Jimén Garcés, a los cuales el rey hizo merced de la villa y castillo de Nonaspe en la ribera del Matarraña Después atacó Fraga, cuya conquista ya había planeado con anterioridad pero sin ejecutarla por la oposición del conde de Barcelona, Ramón Berenguer III.
El asedio de Fraga fue prolongado. La batalla decisiva se demoraba, por lo que los musulmanes pudieron recibir refuerzos necesarios para resistir a las tropas aragonesas. Cuando finalmente ambos ejércitos se enfrentaron el 17 de julio de 1134, Alfonso I sufrió una terrible derrota. Muchos nobles murieron en la batalla. Tras ella, ya no figuran menciones documentales de Ato Garcés, señor de Barbastro; Capuz, señor de Calahorra, Céntulo de Bigorra; Iñigo Jiménez, señor de Calatayud; Juan Galíndez, señor de antillón; Lope Blasco, señor de Pomar de Cinca; Orti Ortiz, señor de Borja; Pedro Ortiz, señor de Lizana; Pere Petit, señor de Loarre, y Tizón, señor de Buil. Aunque, según Antonio Ubieto, lo más probable es que de todos ellos solo cinco pereciesen en Fraga.

El colapso del ejército cristiano fue tal que los musulmanes pudieron iniciar una recuperación territorial. A principios de 1135 Aragón había perdido plazas como Mequinenza, Monzón y Pomar de Cinca. La muerte del sexagenario rey, acaecida quizás en Poleñino, aldea entre Sariñena y Grañén, sólo dos meses después (7 de septiembre de 1134) de la derrota de Fraga, fruto de las heridas sufridas en Fraga, aceleró ese periodo de pérdidas territoriales. Una sola derrota y la mortandad sufrida por sus tropas precipitaron el final de Alfonso I cuyos restos fueron sepultados en Montearagón.
Su figura fue muy valorada por sus coetáneos y por los cronistas posteriores, pero despreciada por los castellanos, debido al conflicto con la reina Urraca. Su esposa dio testimonio de su carácter violento –“No sólo ha encendido mis mejillas, hasta ha llegado a herirme con los pies”- y las Crónicas Anónimas de Sahún lo tildaron de “celtibero cruel”. Sin embargo, los cronistas franceses lo calificaron como “nuevo Julio César” y “segundo Carlomagno”; el escritor árabe Ben Al-Afhir lo describió como “el más solicito de los reyes cristianos en hacer la guerra contra los musulmanes”; en
Su escasa afición a las mujeres –según Ben Al-Afhir, ni siquiera tenia concubinas, por considerar que para un guerrero sólo era recomendable la compañía de hombres de armas- y el fracasado matrimonio con Urraca de Castilla dejaron a Alfonso I sin descendencia. Su único hermano estaba dedicado a la iglesia y no había participado en labores de gobierno ni en campañas bélicas. El rey descartó la continuidad dinástica y decidió hacer herederas del reino a tres Órdenes militares: la del Temple, la del Hospital y la del Santo Sepulcro. Tan inusual decisión es comprensible sólo dentro del espíritu de cruzada: a falta de heredero adecuado, Aragón y Pamplona se trasformarían en el reino de los cruzados. Sin embargo, ni aragoneses ni pamploneses estaban dispuestos a admitir que caballeros extranjeros se hicieran con el poder. Los nobles aragoneses y alguna ciudad como Jaca no lo permitieron y otorgaron el reino al hermano del rey, el monje Ramiro, y los pamploneses pusieron la corona en manos de García Ramírez, bisnieto, por vía natural, de García III de Pamplona, el hijo de Sancho III el Mayor. La unión de Pamplona y Aragón había terminado.

Imágenes:
1.- Alfonso I. Óleo de Feancisco Pradilla
2.- Territorio aragonés siglos XI-XII
3.- Urraca de Castilla y León.
4.- Caballeros Templlarios
5.- Aragón en el siglo XI-XII
6.- Olifante de Gastón de Bearn. Conservado en "El Pilar"
7.- Monumento al "Batallador" en Zaragoza. Parque Grande .
8.- Firma de Alfonso I
Biblografia:
Buesa Conde. Domingo J. El nacimiento de Reino. Historia de Aragón. Heral de Aragón. Zaragoza, 1991.
Fatás Cabeza, Guillermo. Reyes y Reinas de Aragón. Heraldo de Aragón . Zaragoza, 2006.
Rubio Calatayud, Adela. Breve historia de los Reyes de Aragón. Editorial Delsan. Zaragoza, 2004.
Viver de Bondía, Francisco. Conquista del Bajo Aragón y Alcañiz. Maella y su escudo. R.B. Servicios Editoriales, S.A. Madrid, 2008.


TELÉFONOS
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- Galicia: 061.
- Comunidad Valenciana: 900 161 161.
A través de las páginas web de varios organismos internacionales se pueden obtener más datos sobre la evolución de la enfermedad y también consejos para evitar la propagación. Estas son algunas:
- OMS (www.who.int/es, en español).
- CDC americano (www.cdc.gov/spanish, en español).
- Ministerio de Sanidad de España (www.msc.es).

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