La Coctelera

Aragón y Medicina

7 Marzo 2009

Un hacha para Fabricio, de Isabel Agüera Espejo-Saavedra

Maestra, pedagoga y escritora cordobesa, nacida en Villa del Río, miembro de una familia numerosa, cuenta con más de treinta obras escritas. Articulista del Diario “Córdoba” y colaboradora en numerosas revistas siempre esta dispuesta a participar en todos aquellos eventos a los que se le invita. En su curriculum cuenta con numerosos premios y distinciones.

 

Isabel Agüera

 

Su calidad humana es mucho más grande que su ya extensa creación literaria, Investigadora incansable de temas educativos busca en la vida, en su vida, constantes ejemplos para aplicar a la enseñanza. “La esencia del ser humano es comunicar y recibir comunicación”, dice ella. Esta mujer, esposa amante de su esposo Mariano, desaparecido a muy temprana edad, madre cariñosa y tierna abuela, maestra vocacional donde las haya, desborda creatividad, vocación, ilusión y trabajo, mucho trabajo. En su casa de Córdoba o en la cercana sierra, donde se refugia, con los siempre preciosos amaneceres presentes de su tierra, encuentra la paz y sosiego para crear.

Gracias Isabel por tu amistad que espero disfrutar muchos años. Gracias, también, por tus atenciones, al mostrarte receptiva y atenta a mi solicitud de colaboración que nunca dejare de agradecerte y valorar en su justa medida.

 

UN HACHA PARA FABRICIO.

(Premio Mujer Art)

Fabricio suena a ráfaga de viento: ¡fa-bri-cioooo! Fabricio suena a nombre de huracán; Huracán Fabricio, y suena a color: color Fabricio, y a marca de refresco: sabor Fabricio...

Ayer yo no conocía a Fabricio. Ayer, aquella novena planta del Hospital Reina Sofía, no era  espacio para mí. Ayer, en un repente, en un instante de mi desconcierto, la muerte y yo nos sentamos frente a frente en un atardecer de silencios y nubes.

Sí, Fabricio es un muerto que respira. Sus ojos, una mirada que agoniza allá donde se posa. Sus boca, unos labios secos, agrietados por donde se escurren palabras que caen en la soledad de aquella sala, de aquel olvido, de aquella planta de desahucios: Un hacha, niña, un hacha, y... ¡plaf! ¡Sí sólo necesito un hacha! ¿Para qué quiero andar? ¡Ya irá por mí la funeraria! Yo no quiero ir ya a ninguna parte: lo tengo todo visto. Yo lo que pido, lo que quiero, y nadie me lo da, es un hacha.

Fabricio es una calva desollada que se hunde eternamente sobre su hombro derecho, hueso que rompe la piel y se yergue en esqueleto, ya.

Fabricio es un cáncer que alimenta una botella de suero, y es un puñado de pellejos que se revuelven en mantas azules que apestan a sangre, a  medicamentos viejos, a leche caliente... Y es una gangrena que le roe, que le devora calmantes de día y noche Y es, sobre todo, un cigarro que no se apea de su media mano libre de esparadrapos y agujas, y es un chorro de lágrimas y un murmullo de quejidos en monólogo que  tan sólo yo escucho: Me quitaron un pulmón, niña, y... ¡tiraba! Después, un cigarrillo, dos, tres... ¡Un día es un día! Y empezaron los ahogos. La mujer, bronca va y bronca viene. Me escondía el paquete, me escondía el encendedor, niña, y me escondía el dinero. Y luego, cuatro, cinco... ¡Mucho humo! Y me vino lo del páncreas, ése, o como se llame... ¡Un hacha! ¡Si yo lo que necesito es un hacha! ¡El hachazo, niña, y plaf..! ¿Tú me entiendes, niña?

Aquel rincón, aquella sala de la novena planta, aquella nave, todo ventanas, cielo, nubes, viento, huracán -  ¿huracán Fabricio? - es la última palabra de cada moribundo, el pozo negro donde se ahogan suspiros, la ola grande que barre esperanzas, el puñado de arena donde se remolcan las pocas pisadas que siguen marcando huellas.

Fabricio suena también a hoguera, a chisporreteo de leños en chimeneas de otoño, y huele a romero, y el eco de Fabricio debe tener el color de la montaña, cuando es cumbre de rayos: ¡fa-bri-ciooooooo!

Fabricio es el aleteo de una sombra que en voladas  trasladan allí, junto al cenicero, frente a un reloj muerto en las tres de, ¡sabe Dios que día!, pegado a un televisor, sin más luz, sin más brillo, sin más imagen que la muerte de Fabricio, cabeceando como gusano de seda y, cuerpo a cuerpo, mesita por medio con aquel sillón corinto, mecedora de mis largos miedos, de mis profundas reflexiones, de mis crecientes interrogantes: ¿por qué él y no yo? Después, niña, me vino lo del pulmón. El tabaco es veneno. Se mete en el cuerpo y... ¡Si me hubieran cortado las manos! Los dos pulmones no me los pueden quitar, ni los riñones, ni el páncreas, ése,  ni... ¡Un hacha, niña! Lo que quiero es el hachazo, ¿tú me entiendes? Los médicos saben lo que esperan, y yo y mis pies no dormimos... La morfina no sirve; sólo el hachazo...

En aquel sillón se notaba el reverberar de cuerpos y almas y su eterno chirriar  era como el lamento de todo un universo de dolor en el que un dios se perdía  tras las estrellas apagadas en el caos de la desesperación, y era como el regazo donde palpitaban rumores de tempestades y lágrimas de ojos sin más faro que el pequeñísimo vuelo del milagro..

Y yo miraba a Fabricio, y Fabricio me miraba, y unas golondrinas sobrevolaban la nave, y las alarmas de las habitaciones  eran gritos incubados en urgencias sin remedio, y los pasos de las enfermeras cantaban  inútiles premuras, y los carrillos de las meriendas rodaban en cucharillas y tazas, y Fabricio me miraba, y yo me oía en las polillas  de mi cabeza, reproches, recuerdos, nostalgias... Y entendía, ¡vaya si  entendía!, el humo de aquellos cigarrillos que ni tan siquiera podía sostener entre sus dedos, huesos  largos, pajizos, agonizantes... Tenía doce años, niña, cuando cayó el primer cigarrillo. Si me hubieran cortado las manos... En agosto, si llego, cumplo los cincuenta. El humo me llegaba hasta los intestinos. Ya no es igual, ya me ahogo, pero la funeraria tiene mi número, y mi nombre, y mientras fumo, me quedo ciego, y es mejor estar ciego que ver cómo te llevan... Y yo fui un chaval de muchos juegos... ¡Cómo bailaba el trompo! ¡Y al hoyo no había quien me ganara!, y  jugaba en las eras,  y me subía a los  trillos,  y cogía grillos y cigarrones, y... ¡si me hubieran cortado las manos! El tabaco es veneno, pero, ¿ya para qué? Lo que necesito es un hacha: ¡plaf! Un hachazo y...

En los labios pegajosos de Fabricio se dibuja una sutil sonrisa... ¿Sabes niña lo que más quisiera? Ser por unas horas otra vez monaguillo. ¡Que joío  era! Me bebía el vino de la Misa, y el cura, ¡cogotazos van y cogotazos vienen! Es lo que más quisiera, una vez, unos momentos: volver...

Fabricio se revuelve  entre las mantas como una crisálida en el capullo, pero su próxima transformación... No, no habrá tal; Fabricio es ya un cadáver sin más savia  que la negra y macabra esperanza de un hachazo para sus pies podridos y el humo eterno de un cigarrillo.

Ayer, yo no conocía a Fabricio. Ayer, aquella novena planta del hospital no existía para mí. Ayer, en vuelos de libertad, yo soñaba y me entronizaba en mundos de luz donde el humo de la muerte no era paisaje para mis ojos. Ayer, yo, pulmones, hígado, páncreas, salud... Hoy, ¿quién sabe lo que puedo ser hoy, y como mucho mañana? Un deber inexorable me ha sentado codo a codo con Fabricio. ¿Seré yo el caldo donde el próximo cáncer pueda sembrar su muerte? ¡Un seguro! Necesito un seguro para retornar a la madrugada de ayer y salir a mi terraza a fotografiar nubes, cielos soles.... Necesito un día más para sembrar mi árbol, escribir mi libro...para contemplar una vez más el inmenso  azul de mares y cielos... Necesito unos instantes  para decir, te quiero, para dar un beso, para... ¡Si tengo ese momento todavía! Enciende, dios, las estrellas apagadas, allá en el horizonte  de algún mundo; en el del mío, al menos, y no me dejes perdida en este sillón corinto que reencarna en mí, y  me enloquecen, gritos que no me caben en los oídos, que sólo sé traducir al unísono del balbuceo que chorrean los labios de Fabricio: ¡Mis hijos, niña! Mi mujer, niña! Uno, dos, tres cigarrillos... Lo malo es que los pulmones se hacen cuevas donde se quema la sangre y te vas quedando seco como la paja... ¡Si sólo pido un hacha! ¿tanto es eso, niña?

¡Un hacha, sí, para Fabricio! Un hacha para todos los  humos que se erigen en cánceres, en vahos de muerte que se deslizan y se crecen fulminantes y se agigantan en el alma de una humanidad rota bajo la sutil locura de los días en falsos sueños.

Un hacha para... ¡plaf! Cortar de raíz la gangrena que sepulta voluntades cuando sólo eran pupilas en brillo. Un hacha para la muerte y una bocanada de aire huracanado - ¡Fabricio! - para la vida, y un eco que eche a vuelo campanas catedralicias, aleluyas, colores...

Los pensamientos también matan. Yo ayer no conocía a Fabricio, ni conocía la nave de muerte de este hospital, ni las señales de alarma de mis pulmones, aire limpio y vida. Ayer, hoy, recostada en el chirriar de este sillón corinto que se me mece,  sillón de todos los tiempos y de todos los ayes del mundo, noto que me llora el alma, que me duele el corazón y que, conjurando a dios o al diablo, a todas las fuerzas que pululan por los infinitos universos, quisiera poner en marcha este reloj eternizado en las tres de un día sin fecha, y quisiera que este televisor, sin más cara que la  sombra en muerte de Fabricio, estallara en música, luz,, color, palabras... Y quisiera que esta nave despegara en busca de una creación nueva, a la orilla de otra playa donde Fabricio encontrara su nueva oportunidad de ser monaguillo, y volviera a ser huella, padre, marido... Y quisiera, ¡maldita sea! un hacha para Fabricio.

 

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Sobre mí

José Antonio Cuenca Campillo nace en Zaragoza en 1956. Hijo de un ferroviario y de una enfermera sus primeros años transcurren en el barrio rural de Casetas, distante 14 kms de Zaragoza, a donde llega por el destino de su padre a ese importante nudo ferroviario. Inicia sus estudios en el Colegio de San Miguel de esa localidad hasta completar su Bachillerato Elemental. Para poder llevar a cabo sus estudios de Bachillerato Superior en el Instituto "Goya", se traslada a Zaragoza, instalándose en el domicilio de sus abuelos paternos. Ya con toda la familia en Zaragoza, inicia sus estudios de Medicina en 1973, finalizandolos en 1979, a los 23 años. Durante los años de carrera es nombrado alumno interno de Patología Qururgica "B" (Traumatología), asiste como voluntario al Servicio de Urgencias del Hospital MAZ de Zaragoza y trabaja en el Hospital Miguel Servet como A.T.S. Finalizada la carrera de Medicina se hace cargo, de forma interina, de una plaza de Sanidad en el Distrito V de Valladolid. pasando consulta de Medicina General en el consultorio de "Los Pajarillos". En 1980, siguiendo el consejo de un buen amigo, oposita a Sanidad Militar, ingresando en dicho cuerpo ese mismo año. Colabora y forma parte de la Organizacion No Gubernamental "MEDICUS MUNDI ARAGÓN". Es socio de UNICEF España y es miembro de la Asociación Cultural "Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Zaragoza" de la que forma parte desde 1993, año en el que realizó el "Camino" a pie. con su familia, desde el Somport (Huesca) hasta Santiago de Compostela. Forma parte tambien de la Asociación de Antiguos Alumnos de la Universidad de Zaragoza (AGRALUZ) Actualmente desarrolla su actividad profesional en Zaragoza desde 1983. ; El objetivo de este blog es la divulgación del conocimiento médico mediante comentarios y referencias dirigidos a los profesionales sanitarios y a aquéllas personas interesadas en los temas de salud y organización sanitaria. La información publicada en “Aragón y Medicina” nunca puede sustituir ni reemplazar la necesaria relación personal entre un paciente y su médico de confianza. No se atenderán casos clínicos particulares ni se dará información personalizada. Este blog no recopila datos personales de ningún tipo.
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